
18:17 PM. Me dispongo a ver el piloto de Firefly, una serie de la cual he visto la película, que me encantó, y he leído más que maravillas sobre ella. Estoy entusiasmado, tiene que ser algo especial. Antes de empezar a visionar el capítulo, me he ocupado de librarme de todas las asquerosas e inútiles tareas estudiantiles. Qué bien, qué contento estoy.
Me dispongo a tumbarme, rodeado de cojines y sábanas cual visir en su palacio, aunque con alguna que otra cortesana menos. Cojo el mando de ese peaso televisor que hay en frente de mí. Vibrante de espectación, pulso del botón de play. Espera, [pausa], voy a ponerme una tapilla pa la ocasión, qué menos, ¿no?.
Abandono mis aposentos dirigiendome a esa querida caja májico, en cuyo interior, a una temperatura cuasi polar, se ocultan los mas deliciosos manjares jamás imaginados por el hombre. Cojo unos cacahuetes del mueble de al lado, y me dirijo de vuelta al trono. Pero de camino, aprovecho para desahogar mi vejiga. No puede fallar nada. El momento se acerca.
Ya estoy, por fín, me tumbo, me rodeo de mis cojinas y sábanas de seda asiática, y le doy ar play. La seire comienza, hay balas, naves, el protagonista se encuentra en una ferviente batalla. Ahora se dirige a uno de sus compañeros de guerra. Está hablando con una especie de acento sudamericano, que informándome he averiguado que se trata de “español neutro”. ¿Yo? tumbado en mi cama y cagándome en la madre que me parió.
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